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Vivir nuestra Vida

La filosofía existencial trata el ser humano en la independencia del espíritu para la libertad de conciencia, y en sus tratados diseña o establece normas sociales que lo garanticen, por ejemplo, acabando con el capitalismo mediático. Es una de las ramas del romanticismo, fundada en los ideales, el desinterés y el sacrificio, y que caló profundamente en el movimiento obrero por su impulso espiritual y su vitalidad del pensamiento. Durante la Guerra Civil española se extendió entre los participantes del bando republicano cuando Mussolini retiraba sus tropas en tren y después en barco desde Cádiz, ulteriormente a que Italia perdiese varias batallas. A la revolución, escuela de heroísmo, espiritualidad y humanismo, debemos darlo todo -escribió Martí Ibañez en su libro El sentido de la vida. Porque los militares pueden ser valientes, pero el heroísmo es una cualidad de la gente que le hace frente al mal social y político; es una forma de estar en el mundo, combatiendo al opresor. Es lo que se conoce como la virtud cívica, ya que la virtud no es sólo el cultivo de la sensibilidad y de la inteligencia, sino también la capacidad de realizarse como ser de calidad en el combate, en el sentido directo del enfrentamiento. Se trata del individuo que piensa en el bien de la colectividad. Esa es su espiritualidad.

La intelectualidad burguesa y su doble cara charlatanesca ha hecho del humanismo, tal y como lo ha entendido, una hipocresía abstracta y lacrimosa. Contrariamente, la aplicación práctica del humanismo es la preocupación por los seres humanos reales, es decir, por los iguales. Esta es la característica de la ética sodalicia: establecer un trato de convivencia con los iguales, con los que hay que poner la otra mejilla porque entre iguales las ofensas se olvidan, y un criterio agonista para con los dominadores. Ese es el auténtico espíritu de sacrificio de, por ejemplo, los revolucionarios cristianos que combatían a los romanos. Así, El sentido de la vida se imprimió durante la guerra en un papel paupérrimo porque escaseaba, y se leía entre batalla y batalla fomentando el carácter agonista, combativo. Su pregunta principal es ¿qué uso debo hacer de mi vida? Es decir, si pudiésemos dividir la filosofía en dos tendencias o cuestiones que serían cómo debemos vivir y qué es el mundo, la primera es de una importancia previa al compromiso político y social. Porque, de no hacérnosla, otros nos dirán cómo hemos de vivir nuestra vida a través de la publicidad, del cine, la televisión y demás medios de adoctrinamiento o/y propaganda, viviendo una etapa de sujetos de la modernidad, debilitadas porque no pensamos por nosotras mismas, careciendo de emociones profundas porque “satisfacemos” nuestra necesidad de volver a los sentidos sustituyéndola por la identificación guiada en la superficie de las pantallas de proyección, adoleciendo nuestra posibilidad de compromisos reales y duraderos, así como nuestra persistencia en el devenir de la vida, dejándonos llevar por la ausencia de acuerdos políticos y sociales, cayendo en la frivolidad del oportunismo positivista o posicionándonos allí donde sople el viento. Tal es la debilidad de la modernidad. Y, por ende, hemos de recuperar el sentido de la reflexión y del compromiso para con una misma, dándonos tiempo para lo colectivo y para la soledad. Porque la vida es acción y la acción sin tiempo es anaeróbica, de precipitada supervivencia. Por eso, antes de la quiebra, el recorrido. Así es la concepción dinámica de la vida que toma en consideración la meditación que anima la serenidad del pensamiento pero que también es capaz de criticar la contemplación hindú que puede conducir a una nada semiautista en tanto que la relajación tiende a la irreflexión. Como dijo Hobbes, la vida del hombre es un combate, o un conflicto hacia la muerte en tanto que la muerte se simboliza como un tormento. Pero el dolor se mide en función de la aceptación de la muerte, que no es sino una transición. De hecho, el ser humano es el único que se resiste a ella, por eso en la naturaleza no hay hospitales -o, como dijo Paracelso, los prados y las colinas son farmacias.

La energía es pura transformación en un movimiento constante que nunca desaparece. Por eso podríamos cuestionarnos si vivir realmente es luchar, construir o no; si no luchar sería un equivalente a destruir. Si no, como dijo Bakunin, destruir es una placer creador que, como matizó Wilde, es más difícil que crear. Mas, como impugnó Nietzsche, no es más que una antinomia de la Metafísica, un discurso crepuscular de la vieja Razón que, embustera, ha conseguido que seamos hablados por su lenguaje, siendo no más que palabras que nos dominan. En cualquier caso, con Triología del amor descubrí que la destrucción es más creativa que la creación. Así conversa la Metafísica, de esta manera pienso cinematográficamente. El sentido de la vida no propone la vida como una huida. Por el contrario, es el movimiento incesante el que nos deja huir y transgredir el Orden hasta la quiebra definitiva. Como dijo Deleuze, es posible que yo huya, pero a lo largo de toda mi huida busco un arma. Mas lo planteado sería huir de cada figura para caer en todas las demás, para acabar con todas las demás. Vivir radicalmente en lugar de ser moderados, cómplices del refugio y, por ende, de la trampa. Beckett: cuando caiga, lloraré de felicidad. Se trata desarrollar la sensibilidad para pensar la belleza. Luego, ¿cómo puedo vivir mejor? Podríamos imaginar que transformando la realidad desde el nosotras. Eso es el Arte, levantar a las caídas y nunca el premio o el castigo, defender lo que es justo allí donde nos encontremos. Y, en buena parte, enamorarnos de la vida conociéndola a través de la comprensión de que el dolor también puede ser relativo, pero sin olvidar que haciendo alarde de él es como nos subyugamos a cierto tipo de reinado. Por eso, en L’Avalée des avalés, Réjean Ducharme escribió: mi soledad es mi palacio. Ahí tengo mi silla, mi mesa y mi cama. Mi vientre y mi sol. Cuando estoy sentada fuera de mi soledad, estoy sentada en el exilio. Estoy sentada en un país engañoso. Y un cuarto de siglo más tarde Lauzon subrayó: porque sueño, yo no lo estoy. Porque sueño, sueño. Porque me abandono por las noches a mis sueños antes de que me deje el día. Porque no amo, porque me asusta amar, ya no sueño. De esta manera, sólo cabe estimar el dolor con-sentido. Luego hay que saber quién se es…, más aún para la psicología del artista -pues lo esencial de la embriaguez es el sentimiento de plenitud y de intensificación de las fuerzas. De ese proceso hacemos partícipes a las cosas, las forzamos a que tomen de nosotras, las violentamos. E idealizar es el nombre que se le da a eso proceso. En la exacta medida en que el prejuicio de la razón nos fuerza a asignar unidad, identidad, duración, substancia, causa, coseidad, ser, nos vemos en cierto modo cogidos en el error, necesitados al error; aun sabiendo que ahí está el error. Así nuestro ojo, nuestro lenguaje, hace de abogado permanente. Mas hemos de recuperar el sentido de lo perecedero para no penetrar en el lenguaje de la psicología rudimentaria y de sus presupuestos básicos de la razón; ya que su fetichismo, su ritual o proceso de identificación, ve en todas partes agentes y acciones: cree que la voluntad es la causa en general; cree en el “yo”, cree que el yo es un ser, que el yo es una substancia, y proyecta sobre todas las cosas la creencia en la substancia-yo -así es como crea el concepto “cosa”, como nos cosifica. O, cuestionando a Sloterdijk, así es como nos relacionamos con el todo dándolo por incompleto y como si todavía tuviésemos que dotarlo con la fuerza de nuestras almas. Por eso para el fundamentalista la voluntad es fundamental. Con embargo, la política, la organización, hace sistemas cerrados, conjuntos de partes determinados, destinados, obsoletos. El todo no son “todos” o conjuntos. Los conjuntos son cerrados, y todo lo que es cerrado está artificialmente cerrado. El todo es la vida, lo abierto..

Podría considerar justo asumir para mí las tareas más difíciles, mas sólo si el entorno y el ambiente así lo favorecen. Pero no sé qué es lo mejor. Dudo que sea aconsejable habituarse al dolor como actitud a tomar. Aunque acepto sin reservas que la lucha ha cambiado de naturaleza y de agente, de finalidad y de motivación, de objetivo y procedimiento, ¡cuidémonos porque nosotras, las asistemáticas, todavía no nos hemos liberado de la vieja voluntad de sistema –y de Sistema Ahora, de Sistema Ya! Nada hay de nuevo en el hecho de que no hay Vanguardia Ilustrada, ni primeros en el ataque ni últimos en la retirada. La recuperación de lo colectivo repetirá sin mañana la taciturna filosofía cívica y sus prácticas de habituación al dolor para no tener miedo a la muerte y ser fuertes en los sufrimientos. Así, el heroísmo es la disposición básica de la existencia. Y el cinismo la actitud combatiente perpetua que no considera prioritarias las funciones del entendimiento. De esta manera, se dice que Diógenes de Sinope, quien caminaba descalzo en la nieve, escribió Politeia, un libro en el que diseñó una sociedad sin Estado ni propiedad privada y en la que se compartía todo pero que no pudo sino perderse. Quizá por ello hay quienes todavía creen que no hay creación sin dolor. Mas, aparte de que podamos comprenderlo como una parte inextricable de la vida, hemos de desarrollarnos con plenitud, desencadenando la pulsión libidinal, el deseo de placer que brota de los cuerpos vivos, y que es el movimiento propio de la vida humana, autoerótico. Luego hemos de exigirnos saber cuáles son las operaciones reales del edonismo, y no sólo lo que expresa; comprobando si es posible aplicar lo que defiende en su forma de vida y más allá. Porque sólo así lucharemos contra la debilidad monomaníaca que echa a perder nuestra totalidad: el vivir la vida desde lo ideales y no, como proponía Arendt, profesional de la teoría política, pensadora de la acción, desde los intereses, búsqueda del beneficio, de las ventajas: el Mundo, como espacio de la política. El estudio “según la naturaleza” delata sumisión, debilidad, fatalismo. Mas cabe recordar que el mundo es lo que cuidamos. Aunque ella, Hannah, ya sabía que la marea de uniformación fue voluntaria entre los intelectuales, y que éstos cayeron en la trampa de sus propias ideas. Mujer también de hechos, amante de sus amigos e incapaz de cualquier otro amor, partía del pretexto de que todos tenemos enemigos, e incluso de la sospecha de que la peor enemistad estaba en nosotras mismas. Este era su espíritu de pertenencia a un grupo organizado en relación con el mundo, ésta su forma de pastorear en común los intereses y de captar el rango primordial que corresponde a lo político.

Luego oponemos, a la elasticidad celebrada del eterno infiltrado, la rigidez cristalina de las Guerreras Suicidas. Por eso, no pactamos, no transigimos, no negociamos; escapamos a la deformación progresiva de los materiales elásticos y resistimos como el cuarzo hasta el momento de la fractura definitiva del estallido final -siempre el mismo gesto y, de repente, la risa. Nos alimentamos de nuestro propio dolor. De nada sirve herirnos: solo la muerte puede detenernos. Y como no nos protegemos, y como no nos defendemos, como en cierto sentido buscamos la caída desde el principio, arrojamos la duda sobre el beneficio de la victoria. Sin embargo, no nos precipitamos -como dijimos: antes de la Quiebra, el Recorrido. Se dice que la construcción del sujeto ha de ser prepolítica y presocial, con la finalidad de construir un escenario en el que el sujeto sea libre, sin propaganda, a partir de sus propias reflexiones, de su experiencia personal, porque todo pensar es un repensar. Vivir en plenitud y no con una única pulsión, parcelada, repetitiva, mutilada por desempeñar un solo registro. Así, la sonrisa bondadosa de Kropotkin estaba de acuerdo con los municipios libres de los siglos X, XI y XII, porque en ellos se practicaba la producción y el consumo en común. Eso, inculcado a los hijos a través del sacrificio, era el cristianismo: transformar el presente con lo positivo del pasado. De ahí, en buena parte, que Russell afirmara que los positivistas son oportunistas. La lucha es la madre de todo -decía Heráclito-, no hay utopía posible para el ser humano. ¿Se referiría al Paraíso Comunista por el que Marx acabó sus días revelando que desde luego él no era marxista? ¿O a que sólo los grandes problemas son los que dan pie a un pensamiento reflexivo? También fue Platón quien dijo que sólo los soldados conocen el final de la guerra, que no hay vida más allá de la lucha, y que la utopía es un narcótico espiritual. Volviendo a Nietzsche, el mundo verdadero, inalcanzado, desconocido. Por consiguiente, ¿a qué podría obligarnos algo desconocido? El “mundo verdadero” -una idea superflua, inútil, refutada… ¡eliminémosla! Hemos eliminado el mundo verdadero, ¡y también el aparente! Donde se lucha se lucha por el poder, prodigalidad absurda que niega la afirmación de la vida. Y, recordando a Artaud, jamás el cuerpo es un organismo, los organismos son los enemigos del cuerpo. Por tanto, acabemos de una vez con el Juicio… de la Ciencia. Porque la eficacia de la acción es la reacción, y toda eficacia tiende al declive. Así, lo Social, la Circunstancia de Ortega y la Historia de Joaquín Fuster, no se constituye de fronteras naturales sino de límites artificiales, como ya avisábamos. Y los espacios cerrados, además de ser aceleradores del conflicto, son proclives a la conducta reaccionaria, conservadora -por lo que cada vez requieren más espacio.

Entender el mundo como el espacio en que surge la política, en el que las cosas se vuelven representativas, sociales, producido por lo Simbólico, es lo que nos constituye como sujetos, lo que nos sublima, lo que reprime hacia arriba lo Real. Por tanto, la libertad es búsqueda de libertad. La fuga, la huída, y nunca el sacrificio, ni la sublimación ni la educación. No más la revolución del amor al prójimo, de la obediencia, de la disciplina consciente, del deber histórico y el compromiso social. A partir de ahora, si acaso, la revolución como parricidio, revolución huérfana que profundiza en el inmoralismo, en el laicismo que ha perdido la fe en sí mismo. Porque el idealismo, por práctico que sea, falsea los sentidos y, por tanto, quien idealiza la vida, adultera la realidad, olvida la inocencia del devenir y deja de reconocerse en la jovialidad haciendo de ésta un Otro, un infierno que divaga entre el ser y la nada. A pesar de todo, comprendiendo que estamos en el mundo por nosotras mismas y no por los demás, ya ha llegado el momento sin finalidad de Vivir nuestra Vida.